¡Así es la vida! Reflexión de un año más

La vida humana es una sucesión de hechos que, a cada instante, nos recuerda quiénes somos: seres que buscan, con su propia vida, una existencia valiosa. El paso del tiempo promete madurez a quien sabe ubicarse en el lugar adecuado. No somos ángeles capaces de sostenernos solo con pensamientos abstractos, aunque tampoco podemos vivir sin pensar. No somos bestias que sobreviven únicamente de lo material, aunque sin alimento no resistiríamos. Somos, sencillamente, humanos, y como tales estamos llamados a responder a los desafíos que implica vivir un año tras otro. “Sabio” -decía Aristóteles- es quien pone orden. Ordenar la vida es comprender que crecer no consiste solo en ganar altura, sino también en avanzar hacia aquellas metas personales que nos perfeccionan como personas.

“Así es la vida”. Así es nuestra vida: un campo colmado de experiencias ricas y diversas. Un camino a veces largo, a veces corto -eso nadie lo sabe-. La vida con sus altos y sus bajos, con paisajes bellos y marchitos, con días oscuros y luminosos. Una ambivalencia constante, pero una certeza firme: vivimos. Y si respiramos, no es solo para absorber aire, sino por una razón concreta, aunque misteriosa. Un misterio que cada ser humano está llamado a descubrir. Por eso, el optimismo es el mejor ropaje para vestir de gala durante la existencia, mientras la vida dure.

Tal vez el “orden” que nuestra naturaleza reclama sea volver a preguntarnos -como los niños que fuimos-, por el porqué y el para qué de nuestra existencia. ¿Qué hago aquí? ¿A qué vinimos? Ninguna vida tiene un vacío tan grande que no pueda ser colmado por estas preguntas, si el asombro permanece despierto, vigilante. La verdadera batalla -la que vale la pena librar con coraje y perseverancia, codo a codo, mientras aún vestimos de gala- es hacer frente a la indiferencia y a la desgana. Porque la fascinación, la admiración y el estupor son el mejor aire que podemos absorber si queremos oxigenar el alma. Después, quizá, sea complejo, precipitado, demasiado tarde.

Descubrir el lugar que ocupamos en el mundo es, sin duda, la tarea más importante que podemos emprender. Sin esa tarea, las demás no son más que una suma de actividades -grandes o pequeñas- que tachamos de una lista para volver, una y otra vez, a escribir otra nueva.

Lo cierto es que, mientras la vida corre, la oportunidad de respirar sigue en pie. Nunca es tarde para nada ni para nadie. Cuando el corazón late y la sangre recorre nuestras venas de punta a cabo, es la señal propicia para mostrar quiénes somos y qué queremos, porque el proyecto de una existencia valiosa continúa abierto hasta el último respiro. Somos el corazón de lo que hacemos y de lo que llegaremos a ser; por eso, el porvenir nos pertenece. Somos el cerebro del proyecto de vida que llevamos entre manos; somos el sastre que viste el alma a la medida de nuestra propia gala; somos el latido que sostiene nuestras palabras y que las impulsa más allá de nuestra voz. Al fin y al cabo, así es la vida… ¿qué le vamos a hacer?.

Guillermo Tobar Loyola
Director Nacional de Formación Integral
Universidad San Sebastián