Niñez y pobreza: El dolor más profundo de Chile

El 40% de las niñas y niños que viven en Chile se encuentran en situación de pobreza. El 21% vive en hogares con inseguridad alimentaria; el 17% en un hogar hacinado y; el 27% de quienes asisten a una sala cuna o jardín infantil financiado por el Estado, no cuenta con una cama de uso exclusivo para dormir. Estos son algunos de los datos que releva la «Agenda Primaria Infancia», que es la publicación más reciente del Observatorio Niñez de Fundación Colunga.

El informe -que contó con la colaboración de la red Educación Inicial 2030- también destaca que en el 51 % de los hogares con fragilidad material severa no se realiza ninguna actividad de estimulación como leer, cantar, pintar o jugar, cifra que llega al 72%, cuando se trata de ir a parques o plazas. Por último, mientras en el quintil de mayores ingresos la inasistencia a la educación parvularia es del 8%, esta cifra supera el 20% en el promedio de los dos quintiles más pobres.

A pesar de que el país ha desarrollado políticas relevantes para atender la realidad de la niñez (Chile Crece Contigo, aumento de oferta en la educación parvularia, Ley de Garantías de la Niñez), es evidente que hoy requerimos de un nuevo impulso. Porque mientras las niñas y niños entre 0 y 5 años representan al 5,9% de nuestra población, el «gasto» en niñez del gobierno central representa el 3,2% del total, apenas el 0,8% del PIB.

Frente a este escenario, la preocupante noticia de la baja natalidad del país representa una oportunidad. Y es que si en el 2017 el total de niñas y niños menores de 6 años era cercano a 1.5 millones, se estima que para el año 2030 esa cifra será aproximadamente la mitad. Así entonces, manteniendo la inversión actual se podría duplicar el gasto por cada niña y niño en el país.

¿A qué deberían destinarse estos recursos? En primer lugar, al fortalecimiento del Sistema de Protección Integral de la Niñez, asegurando el despliegue de las Oficinas Locales y resolviendo los nudos críticos de los programas de protección, tanto ambulatorios como residenciales. En paralelo, urge terminar con la inequidad de recursos por niño en la educación parvularia. El llamado es a aumentar los recursos que hoy reciben salas cunas y jardines infantiles financiados «vía transferencia de fondos». Por último, se debe garantizar un piso de protección social para las infancias que incluya el acceso a servicios básicos y la creación de barrios y ciudades seguras y amigables.

Con todo a la vista, incrementar la inversión por cada niña y niño no es sólo un objetivo deseable y alcanzable para Chile, sino que se transforma en un imperativo ético dada la desafiante realidad de la infancia en el país. En esta materia no existen recetas mágicas, pero de no avanzar en esta dirección, estamos condenándonos a un constante y persistente subdesarrollo.

Liliana Cortés Rojas
Directora social Hogar de Cristo